Hamnet: la película del duelo en la familia de William Shakespeare que pudo inspirar Hamlet
- 13 mar
- 4 min de lectura

Por: Mateo Robledo Yepes
@teorobledoy
¿Qué puede compararse con la muerte de un hijo? Más aún, con la muerte de un niño. ¿Cómo se nombra ese dolor si ni siquiera hemos sido capaces de inventar una palabra para quien lo sufre? Existe “huérfano”, existe “viudo”, pero no hay nombre para un padre o una madre que pierde a su hijo. ¿Quién tramita un dolor así?
Eso, lo que no tiene nombre, es justamente lo que intenta decir “Lo que no tiene nombre", de Piedad Bonnett. Un libro que entra sin rodeos en una de las zonas más profundas y desgarradoras del duelo. Bonnett rompe a sus lectores cuando cuenta la muerte de su hijo como si fuera un vuelo: una caída narrada con la delicadeza de quien intenta mirar el horror sin dejar de amar.
Ese mismo dolor aparece también en The Son (2022), donde la historia se llena de culpa, de preguntas sin respuesta y de ese peso insoportable que queda después de perder a un hijo. Algo similar ocurre en El otro hijo (2023), una película colombiana que muestra cómo la muerte de un hijo desordena la vida de toda una familia. En ambas historias lo que queda no es solo la ausencia, sino también la pregunta persistente de si algo pudo haber sido distinto.
Y ahora Hamnet nos lleva a otro lugar del mismo abismo: la historia de una madre que pierde a su hijo por la peste. Distintas obras, distintos tiempos, pero una misma pregunta que sigue abierta: ¿qué hacemos con ese dolor? ¿Qué papel tiene allí el arte?
La película de Chloé Zhao está basada en la novela homónima de Maggie O'Farrell, quien imagina, a partir de lo poco que se sabe, cómo pudo haber sido la vida de Agnes Hathaway y su manera de atravesar el duelo mientras sostiene a su familia. Mientras tanto, su esposo, un dramaturgo que trabaja lejos, en la fría y agitada Londres, intenta abrirse camino en el teatro. Con el tiempo ese hombre será uno de los grandes nombres de la literatura universal: William Shakespeare.

Tanto la novela como la película recuperan una de las hipótesis más repetidas por los estudiosos: que la muerte del único hijo varón de Shakespeare pudo haber dejado una huella profunda en la escritura de Hamlet.
Para un espectador incauto, como yo, que llegó a la película sin mayor contexto, apenas con la sospecha de que el nombre se parecía demasiado al de la obra de Shakespeare, Hamnet resulta una producción sorpresiva, bellísima y dolorosa. La película se aleja de la figura monumental del escritor para mirar de frente a quienes quedaron alrededor de su vida: su esposa, su casa, su familia.
El nombre de Shakespeare apenas aparece hacia el final. Hasta entonces la historia pertenece a Agnes: a su cuerpo, a su silencio, a sus hijos y sus suegros, a su forma de sostener la vida mientras el duelo atraviesa la casa.
La película construye sus imágenes como metáforas de esa frontera frágil entre la vida y la muerte: un velo, un lago, un camino, una luz tenue que apenas ilumina lo que todavía respira en medio de la oscuridad. Todo parece suspendido entre dos mundos. Los paisajes, los vestuarios, las casas y hasta los animales evocan las pinturas del Renacimiento y de la Era Isabelina, ayudándonos a entrar en ese tiempo de una vida frágil.
La película empieza lenta, casi silenciosa, como si estuviera aprendiendo a respirar. Pero poco a poco crece hasta un clímax donde el dolor estalla y se convierte el aire en un grito desgarrador. Las actuaciones se construyen desde el cuerpo: el placer, el dolor, el cansancio, la risa que aparece después de la tragedia, el vacío que deja una ausencia.
Los diálogos y la adaptación de la novela justifican con creces su nominación al Óscar por su delicadeza y precisión emocional. ¿Cómo no detenerse, por ejemplo, en la escena de la abuela del niño, suegra de Agnes, cuando le recuerda con una serenidad y miedo casi brutal que aquello que la vida nos presta también puede ser arrebatado? Que incluso el corazón de quienes más amamos puede dejar de latir, aun cuando haya empezado a latir dentro del mismo vientre.
No sorprende tampoco que Jessie Buckley haya sido nominada al Óscar por su interpretación de Agnes. Su actuación es extraña y a la vez profunda, llena de una energía que duele. En un momento la imagen recuerda inevitablemente a la Piedad, de Miguel Ángel: la madre con su hijo muerto en brazos, completamente quebrada, como si quisiera irse con él.
Más adelante tendrá que enfrentarse a un esposo distante, casi ajeno. Pero cuando decide acercarse a la obra que él ha escrito, comprende que esa creación es, al mismo tiempo, torpe y magistral: la forma del padre de atravesar el dolor, preguntándose al borde del abismo si ser o no ser, si dejarse caer y rendirse al sufrimiento o si enfrentar la vida a pesar de él. Porque algo tan profundo, tan desgarrador, quizá solo puede decirse a través de la historia de otro, de transformar el propio silencio en palabras mediante el arte.

Y al final aparece otra idea poderosa: a veces el duelo de una madre logra algo extraño, casi sagrado, otra forma del arte. Extiende una mano hacia ese hijo que se está yendo o que ya no está y, al hacerlo, convoca también a otros. Es imposible no pensar en tantas madres que han tenido que aprender a vivir con ese vacío: las de los falsos positivos en Colombia, las Madres de Plaza de Mayo, tantas otras mujeres que han convertido el dolor propio en memoria colectiva.
Mujeres cuya historia quedó muchas veces cubierta por el mismo velo que la película intenta levantar: el del olvido que es tan cercano a la misma muerte. Vidas que la historia dejó a un lado, ignoradas, mitificadas o silenciadas.
La película vuelve a esos dolores que no tienen nombre y que él mismo el arte insiste en volver a ellos, una y otra vez, intentando decir lo que la vida apenas alcanza a susurrar.
El resto es silencio.